Durante años nos acostumbramos a creer que para correr
bien había que estar liviano. Liviano de cuerpo, como si el rendimiento
dependiera únicamente de un número en la pesa. Esa narrativa, heredada de una
visión estética y no funcional del deporte, sigue viva en muchas decisiones que
toman corredores hasta el día de hoy: restricción calórica (muchas veces
injustificada), la carbofobia, o el entrenamiento en ayuno como si fuera a
mejorar lo que el entrenamiento no hace. El problema no es querer pesar menos, sino
querer hacerlo a costa del rendimiento.
El cuerpo necesita energía para sostener volumen, intensidad, adaptaciones.
Alimentarse para rendir no es un lujo, es una obligación si decidiste entrenar
en serio. Y cuando hablamos de alimentarse bien, no hablamos de comer “sanito”,
sino de comer con sentido: calidad nutritiva, cantidad acorde al objetivo,
frecuencia y variedad estratégica. No solo importa lo que entra, sino también
lo que se absorbe y cómo impacta en tu proceso. Comer poco y entrenar mucho solo
te deja en el borde: se rinde menos, se recupera peor y no se construye nada.
Uno de los errores más comunes que veo es el de priorizar el peso corporal por
sobre la consistencia del entrenamiento. Saltarse comidas, sacar las grasas o
vivir sin carbos puede generar un descenso rápido de peso, sí. Pero también una
caída lenta de tu tasa metabólica, de tu salud hormonal y de tu motivación. El
cuerpo no responde bien al castigo constante. Responde al cuidado inteligente.
Y si estás entrenando 5 o más veces por semana, lo tuyo ya no es un hobby: es
un proceso que merece estructura.
Lo que comes tiene que ayudarte a sostener la carga, no solo a “sentirte
liviano”. Alimentarte para entrenar y para competir, requiere pensamiento
crítico y voluntad de desaprender lo que alguna vez nos enseñaron mal. No
estamos acá para ver cuánto aguantamos con poco, si no para ver hasta dónde
podemos llegar si hacemos las cosas bien.
felipe araya
@COOK_SCL
Chef, Coach, Asesor y
Consultor en Alto Rendimiento

