Fallamos cuando reducimos todo a un número. Cuando creemos que la marca final define el valor de meses de trabajo. Pero el rendimiento no se mide solo en cronómetros o posiciones: se mide en la calidad del proceso, en las decisiones tomadas, en la forma en que enfrentamos lo que no controlamos. El resultado es apenas una fotografía de un contexto, no un reflejo absoluto de nuestra capacidad.
Hay variables que no obedecen a nuestra voluntad. El clima, el viento, la altimetría, o incluso el azar de la posición de salida pueden transformar una carrera. En las grandes maratones, la famosa “blue line” no siempre es la más rápida; a veces es solo una referencia estética en un campo de batalla real donde el tráfico humano, los giros o la humedad deciden más que el entrenamiento. Hay también competencias no certificadas, mediciones erróneas, o simples imprevistos que rompen cualquier plan, y eso no es fracaso: es deporte.
Nuestra verdadera responsabilidad se juega en el antes y durante, no en el después. Comer bien, elegir el calzado adecuado, planificar el ritmo, hidratarse y sostener la calma son las piezas que sí dependen de nosotros. Todo lo demás entra en el terreno del control parcial, donde la experiencia pesa más que la expectativa. Pretender que cada carrera sea “la mejor” es desconocer la naturaleza del rendimiento humano: no somos máquinas, somos sistemas adaptativos expuestos a la realidad.
Aceptar esto no es rendirse, es madurar como deportista. A veces el éxito no está en batir un récord, sino en salir de la situación entero, lúcido y con ganas de volver al día siguiente. Porque el verdadero fracaso no es no cumplir una marca, sino perder la capacidad de aprender de lo que nos desordenó el plan.
felipe araya
@COOK_SCL
Chef, Coach, Asesor y
Consultor en Alto Rendimiento

