Durante años se instaló la idea de que cuando el cuerpo se apaga, lo que falta es “energía”. Y aunque a veces es cierto que la nutrición deficiente puede apagar hasta al mejor motor, reducir la fatiga solo al combustible (carbohidratos) es un error. La sensación de agotamiento no siempre viene de lo que comemos o dejamos de comer, sino del sistema completo que sostiene el rendimiento. Fatigarse no significa necesariamente quedarse sin energía, esa incapacidad muchas veces significa estar fuera de equilibrio (homeostasis).
La fatiga puede nacer en distintos departamentos del cuerpo. En el plano fisiológico, aparece cuando los umbrales están mal ajustados, cuando la planificación acumula más carga de la que se puede asimilar, o cuando simplemente el cuerpo no tiene la resistencia muscular para sostener lo que la mente exige. En el plano psicológico, el contexto juega un papel silencioso pero determinante: estrés, falta de sueño, ansiedad o presión emocional consumen recursos cognitivos y hormonales igual que un entrenamiento intenso. No se ve, pero se siente.
A esto se suman los factores mecánicos y técnicos. Una mala ejecución, un patrón de carrera ineficiente o dolores mal gestionados pueden agotar tanto como una sesión de alta intensidad. Exigir al cuerpo más de lo que está preparado, confiando solo en la motivación, es uno de los atajos más caros en términos de recuperación y rendimiento. La motivación en exceso, sin soporte físico real, termina siendo un acelerador del desgaste.
La verdadera gestión de la energía parte por entender que el cuerpo no se divide en compartimentos: todo comunica. Alimentarse bien es importante, pero no lo único. Dormir, fortalecer, entrenar con criterio, gestionar el estrés y escuchar las señales del cuerpo son piezas del mismo puzzle.
La fatiga no siempre pide comida; a veces pide pausa, ajuste o consciencia. Saber distinguirlo es lo que separa al que entrena del que realmente progresa.
felipe araya
@COOK_SCL
Chef, Coach, Asesor y
Consultor en Alto Rendimiento

