Que no lo veas no significa que no suceda y no me estoy refiriendo a trackear horas de sueño. El descanso entre sesiones es la fase más subestimada del rendimiento: lejos de ser “tiempo muerto”, es el espacio donde ocurren las adaptaciones que el entrenamiento desencadena. Durante periodos de reposo, hormonas como la testosterona y la hormona de crecimiento (tanto para hombres como mujeres) cumplen funciones esenciales: reparan tejidos dañados, favorecen la síntesis proteica, estimulan la regeneración celular y regulan el metabolismo energético. Sin este escenario, el entrenamiento solo deja cansancio, no progreso.
A nivel fisiológico, el descanso permite restaurar sistemas clave. El volumen plasmático y el hematocrito se equilibran, asegurando un transporte de oxígeno eficiente para sostener la capacidad aeróbica. El sistema nervioso central reduce la sobrecarga simpática (“el abuso de hacer cosas”), restablece neurotransmisores y reorganiza sinapsis, lo que mejora coordinación, tiempos de reacción y toma de decisiones bajo esfuerzo. También es el momento en que el tejido conectivo, tendones, ligamentos y fascia se reparan, un proceso más lento que la recuperación muscular y decisivo para la prevención de lesiones.
Este impacto llega también a la esfera motivacional y de defensa. Por un lado el descanso preserva el balance neuroquímico de dopamina y serotonina (clave para el foco y la constancia) y por otro lado cuando se abusa del entrenamiento y no se respeta la recuperación, el sistema inmunológico se ve comprometido disminuyendo la capacidad de respuesta frente a infecciones, lo que interrumpe procesos de adaptación por enfermedades o lesiones. Por eso, entrenar duro exige descansar con la misma seriedad, ahí se juega la diferencia entre acumular kilómetros y construir verdadero rendimiento.

felipe araya
Chef, Coach, Asesor y
Consultor en Alto Rendimiento
